jueves, 31 de octubre de 2013

La unicidad de Juan Bosch, porque siempre anduvo acompañado

(*)Charla pronunciada en el Comisionado Dominicano de Cultura en EE UU la noche del miércoles 2 de octubre de 2013 a instancias de la Fundación Juan Bosch, que para difundir la obra y honrar la memoria del compañero Juan Bosch fundara su novia de toda la vida, la compañera Carmen Quidiello. Matías Bosch, nieto de ésta y de aquél, iluminó el podio con su verbo encendido y sus irreprimibles ganas de que sucedan en nuestro país cosas hermosas

Escrito por: Ángel Garrido 4 de octubre de 2013 - URL Permanente 

.Ángel Garrido - Sabana Literaria
  -Prohibida su lectura fuera de Sabana de la Mar-

La unicidad de Juan Bosch,
porque siempre anduvo acompañado(*)                                                                                                            


Desde el podio abarcador de su insobornable humanidad ha proclamado un día Juan Bosch: “El que no ha sido buen cristiano, no podrá ser buen revolucionario”.  Inconcebible resultaría asumir que una inteligencia tan lúcida como la de Bosch pasara por alto al afirmar tal cosa los aspectos geográfico y cronológico: ¿Y Sócrates? ¿Y el propio Cristo, que nunca fue cristiano? Pero no habría que retroceder milenios para encontrar ejemplos que escapen a la aseveración de Juan Bosch. El aspecto geográfico constituye también una barrera insalvable. Ni los antípodas y ni los periecos de la santa tierra del cristianismo han podido compenetrarse, y muchísimo menos practicar las enseñanzas de Jesús.

Filósofo probado Bosch de la historia humana, mal habría podido saltarse semejante obviedad. Lo que sucede es que tanto en la llamada occidental como en las demás culturas conocidas la caridad entra por casa. Con Cristo nos encontramos al nacer. Nada tiene de malo que por la peana besemos al santo. Y al besarlo bien, besamos el santoral completo y a las once mil vírgenes. En la totalidad pensaba Juan Bosch siempre y a cada paso. Y la visión acabada de la totalidad es el único blindaje inviolable contra el sectarismo. Se me ha pedido que les hable del Bosch hombre; pero sucede que por razones atendibles a mí no me es dado verlo desde otro ángulo.

En la integridad del proceder de un hombre convergen todas las virtudes. He leído el caso de una pareja que al pagar el hombre en efectivo un artículo en una tienda por departamentos se llevó el vuelto a la cartera y marcharon raudos al restaurante. Comensales a la mesa del restaurante era la pareja cuando el hombre tuvo tiempo de revisar el vuelto recibido en la tienda. Descubrió con sorpresa que la cajera sin duda por error involuntario le había devuelto de más una significativa suma de dinero en billetes de alta denominación. 

Presta regresó la pareja a la tienda y para no perjudicar a la cajera la llamó el honrado cliente aparte, fuera del alcance del oído de su supervisor: “Nos has dado por error un vuelto abultado que te perjudicará en gran medida al cierre de tu turno laboral”, le explicó el hombre a la cajera. Al instante apareció el supervisor de la tienda y le indicó al cliente honrado: “Mire adelante, por favor: en esa cámara que tiene de frente está grabada la operación completa desde que se le entregó el vuelto excesivo hasta ahora que usted ha regresado a devolverlo.  Hacemos un estudio para determinar cuánta gente es capaz de regresarlo. Pedimos su autorización para llevar su ejemplo de honradez a la pantalla televisiva”, concluyó el supervisor.

--Deje las cosas hasta este punto, señor: soy un hombre casado y esta chica que está a mi lado ocasionaría mi divorcio si se televisara este asunto.

Se trata a todas luces de un caso típico de honradez sin integridad. Un hombre aquel cliente honrado que tenía claro que los bienes materiales ajenos no le pertenecían, y que tenía a la vez la conciencia social necesaria para entender que la gran perjudicada a la hora del cierre de caja sería la empleada de la tienda que al devolverle había errado de manera tan notable.

 Pero que no había tenido sin embargo dicho cliente honrado tiempo ni tino para entender que salvadas las naturales diferencias de sexo, en todos los aspectos éticos y morales de la vida en sociedad hombre y mujer son seres iguales en su realidad incondicionada. No había entendido que todo acto moral que zahiere a un hombre zahiere en igual medida a una mujer. No tenía el cliente honrado por qué poner por obra virtudes que ni la sociedad ni su intimidad existencial le habían enseñado nunca.

Cuando dictaba en Santo Domingo Juan Bosch sus conferencias sobre los pueblos árabes, al referir que en aquella cultura podía un hombre mantener relaciones simultáneas con varias mujeres, con tantas cuantas fuera capaz de alimentar y de vestir, hubo en la audiencia tantos carrillos llenos de risa que el Maestro acotó: “Por las risas intuyo que hay entre los presentes muchos que quisieran ser musulmanes”. Nuevas carcajadas matizadas con algún que otro aplausito.

Comprendía Juan Bosch que la prioridad radicaba en la organización política del pueblo con fines revolucionarios. Y pocas actitudes contravienen la necesidad de cambios sociales, económicos y políticos más que pueda contravenirla el hecho de trancarse en banda alrededor de un dogma. Los dogmas postulan puritanismos que ni siquiera los postulantes pueden cumplir. Lo revolucionario es avanzar por el camino que conduzca a un mayor grado de justicia social. Las sociedades que avanzan en ese camino, avanzan también hacia la igualdad entre mujer y hombre. Las actitudes dogmáticas van por un camino, y por otro muy distinto anda el curso de la historia humana.  Un hombre puede oír misa todos los días de su vida o incluso oficiar él de su propia mano y en su propia voz dichas misas, pero eso no quiere decir que haya entendido que una mujer es un ser humano justo como él sólo que de sexo opuesto al suyo. Eso sólo lo entenderá cuando se lo imponga el grado de desarrollo humano de la sociedad en que haya nacido y se haya criado. Eso a despecho de que la especial sensibilidad de una mujer o de un hombre determinados los pueda conducir a la una o al otro por el feliz camino de la aceptación en cualquier sociedad y en cualquier época de la igualdad de derechos entre mujer y hombre.

La inobservancia del postulado enunciado en el párrafo anterior nos conduce a menudo a la aparente paradoja de que un ultraconservador de una sociedad con alto grado de desarrollo material asuma frente a su pareja posiciones de avanzadas que son todavía un sueño en casa de un revolucionario de una sociedad con menor grado de desarrollo de sus fuerzas productivas.

El líder político ha de propender pese a todo a la ejemplaridad en todas las manifestaciones de su vida, porque en dicha ejemplaridad radica el respeto que gana en quienes no la practican. En una sobremesa boschista a una compañera al hablar de Juan Bosch la oí decir: “Dejémonos de cuentos: hablamos de un hombre fino, hablamos de un hombre delicado”.

El que se da al prójimo sin tasa ni reparos como lo hizo Juan Bosch, se vuelve en igual medida sin proponérselo austero frente a la doblez y a la injusticia. Luego la carcunda ofendida confunde de manera deliberada austeridad con intransigencia e incluso con psicorrigidez, que es un rasgo patológico del carácter humano que no ha llegado aún al diccionario de la RAE. Como confunde porque le da la gana frugalidad con tacañería. Cuando lo cierto es que la generosidad ejercida en grado sumo, genera frugalidad en quien la ejerce. Juan Bosch partía en dos mitades una servilleta para rendir el chele, y le daba el alma y su valiosísimo tiempo al primer merecedor que los necesitara. Haber cambiado por oro su tiempo y sus ingentes dones y capacidades le habría resultado tan fácil como fácil le resultaba transmitir una idea. Pero su inteligencia no habitaba en el mercado de valores sino en el hontanar anímico de su pueblo.

Con el compañero Héctor Troncoso, miembro fundador del PLD, convenía yo en Maryland este sábado recién pasado que endilgarle a Juan Bosch el adjetivo de psicorrígido porque no negociaba sus principios, era un regalito solapado al transfuguismo y a la doblez. Como dibuja un pintor el trazo figurativo sobre el lienzo virgen, así llevo grabada en la memoria la imagen del compañero Juan Bosch el día de su discurso en nuestro Congreso Constitutivo Juan Pablo Duarte: “Son las ideas que el hombre tiene aquí, dentro de este gran hueso cóncavo que circunda la cabeza, las que determinan el proceder de un hombre”, enfatizó al tiempo que se circunvalaba con el índice de la diestra una cabeza que tenía entonces la edad que cumple hoy la que lo cuenta y exige.

Durante el segundo viaje de Juan Bosch a Washington luego de fundado el PLD entramos a un establecimiento comercial de los que se conocen como dollar- bill stores, donde todos los artículos que no estén marcados con un precio distinto cuestan un dólar. Miembros de la comitiva que a nuestro presidente y líder acompañaba eran aquella vez, además de su esposa Carmen, el entonces futuro presidente Leonel Fernández, y los compañeros Euclides Gutiérrez Félix,  Eduardo Selman, Norge Botello, Rafael Antonio Cheché Luna, Pedro Pablo Cacique Reyes y Pedro Pablo Marmolejos, además de otros compañeros venidos desde NYC. En el recodo de una góndola de la tienda me contaba el compañero Leonel que su niña Nicole, infante todavía de preprimaria, le había manifestado en fecha reciente al hablar de sus preferencias escolares que ya estaba ella jarta de Historia. Nos oyó el compañero Juan y nos enrostró la mudez de la hache en el adjetivo harta:

--Maestro, es que citamos a un personaje que la pronuncia –le aclaré—. Obviamos entonces la elisión de la hache si en boca de la niña la poníamos, y tres sonrisas se encendieron a la vez en el altar de la ocurrencia infantil.
Cuando llegamos a la caja registradora se debían 33 dólares, pues se habían tomado algunos artículos marcados con un precio distinto que quería doña Carmen para llevar a Santo Domingo. Me tuve por anfitrión en la ciudad y quise sufragar el gasto. Don Juan me apartó con un movimiento de su mano izquierda y con la diestra sacó del bolsillo unos dolaritos en efectivo que consigo llevaba. Contó los 33 que se debían, pero el impuesto a la mercancía le añadía alrededor de otros dos:

--Bueno, paga tú el impuesto para que estés tranquilo –me dijo.
Al final de la transacción no fue necesario que pagara yo siquiera el impuesto añadido al valor de la mercancía, porque don Juan maniobró con sus artes rupestres de prestidigitador de la aritmética para que el impulso de su comitiva anulara mi intención.
Años más tarde regresé al mismo centro comercial en compañía de mi amigo Luis Schecker que buscaba una pieza de vestir para su esposa doña Raulina. Le conté a Luis le experiencia allí vivida con Juan Bosch y reciprocó mi anécdota con otra vivida por él con don Juan en Europa. En un momento del recorrido común don Juan tuvo que aceptar de Luis un préstamo de 20 dólares. Tan pronto regresaron don Juan insistió en saldar su deuda:

--Yo sé que tú tienes ascendencia fenicia, pero yo no te voy a pagar intereses: aquí tienes tus 20 dólares –le aclaró.
Fue en el viaje que tuvo lugar la misma ocasión en que sedente don Juan en la mecedora de madera que en la sala de nuestra casa estaba, quedó debajo del cuadro que en la pared teníamos del inalcanzable poeta Miguel Hernández: “Miren quien preside esta casa”, apuntó hacia el cuadro la compañera Carmen, que por inmensa fortuna nuestra vive entre nosotros.
--Así es, doña Carmen: la intención es que se mire bien –afirmé.
Fue cuando las fuerzas de don Juan ya no le permitían presidir la cotidianeidad del Partido cuando su foto ascendió para siempre a la pared de nuestra casa.

Y ya me brindaría esa segunda visita de don Juan a nuestra casa en Alexandria, Virginia, la oportunidad de confesarle que nuestro hijo menor se llamaba Abel en honor a él. Me retrucó la afirmación con la mirada que Juan Bosch tenía para allanarle el camino a su interlocutor: “Bueno, lo que sucede es que las dos hembras llevan los nombres distintos entre sí de ambas abuelas; y a éste que es el segundo varón le habría tocado llamarse Juan como sus dos abuelos, si usted no se llamara Juan”. No me preguntó nada más, ni yo le dije.

A poco andar estábamos de vuelta en otro tema iniciado por mí años antes en Santo Domingo: “Que ha dicho usted que en política hay cosas que se pueden decir y se pueden escribir, y que sin embargo hay otras que sólo se pueden decir, pero no escribir”.
--¿Y?
--Que nada. Que al reflexionar sobre el tema he creído yo que hay unas terceras cosas que no se pueden decir ni escribir: que son patrimonio pesado y comprometedor de quienes sean capaces de intuirlas por cabeza propia –afirmé, y agradecido me sentí del asenso del Maestro.

Si veo a un dirigente del partido que nos legó Juan Bosch escribir las segundas, es decir, los que se pueden decir pero no se pueden escribir; o verbalizar las terceras, es decir, las que no deben decirse ni escribirse, pienso en el acto en la salud de nuestra organización y de nuestra patria: “¿Y para qué diría esa vaina este compañero? ¿O sería que se inscribió en un plan de compras a plazos cómodos: Hable hoy, y piense mañana?
Integérrimo Juan Bosch en cada manifestación de su vida, le había prestado en una ocasión un dinerito en efectivo al finado compañero Juan de la Cruz Buret. Pasaban todos los plazos acordados y el dinerito no retornaba. Pero don Juan realizó entonces un cobro onírico y contó el sueño al término de una reunión del Comité Político: “Soñaba el ciego que veía, y soñaba lo que quería”, acotó.

Con una sonrisa de Buret, sin cobros directos y mejor con algún que otro descuentito que con intereses, el dinerito regresó a su lugar de origen poco después del sueño del compañero presidente contado en el Comité Político.

Durante uno de esos viajes peledeístas de Juan Bosch a Washington que menciono, yo había olvidado en medio de la premura mi maletín durante una visita al Instituto Demócrata en la avenida Massachusetts. El sentido de la puntualidad y el sagrado respeto por el tiempo ajeno que con impecable pulcritud exhibió siempre Juan Bosch nos ponía a todos en ascuas para llegar a tiempo a la siguiente reunión con el director de una revista política. Con la decisión de regresar en taxi al lugar de la reunión, le pedí a uno de los compañeros venidos desde Nueva York que al volante iba el favor de dejarme en la esquina para volver por mi maletín al Instituto Demócrata, pero Juan Bosch ejerció entonces por enésima vez su irrevocable solidaridad revolucionaria: “Devolvámonos todos, y esperemos en la avenida hasta que el compañero recoja su maletín”, ordenó. De regreso yo al carro que por mí esperaba, me facturó el gesto con una pregunta íntima: “¿Qué tú tienes en ese maletín?”

--El manubrio que empuño, Maestro. Las demás cosas son de Juan Bosch –le respondí.

El pavor serval que frente al panfleto político he sentido toda mi vida, ha hecho que a lo largo de mi militancia partidista me haya mantenido de manera injusta alejado de las consignas de barricada. Los compañeros que trajeron al mundo el valiosísimo don político de la consigna encendida gritaron hasta la disfonía: “¡Juan Bosch es el guía, y el PLD la vía!” Era mentira, o por lo menos era una verdad diluida en agua de azúcar para que alcanzara para todos: por los dones que trajo al mundo, y por la manera impoluta en que los desarrolló y los administró: “¡Juan Bosch es la vía, y el PLD debería de ser el guía!”


No hay comentarios:

Publicar un comentario