miércoles, 25 de diciembre de 2013

Por qué mueren los grandes de la humanidad

 

 

 

 

Ángel Garrido - Sabana Literaclip_image002ria

-Prohibida su lectura fuera de Sabana de la Mar-

Por qué mueren los grandes de la humanidad

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Hace apenas 4, 440 millones de años no había planeta Tierra alrededor del Sol. Si lo hubiera habido, el hafnio y el tungsteno 182 serían una mierda, y no lo son. Si se forzara mucho el hado con la ayuda del carbono 14, la primera Eva centroafricana del homo sapiens sería a mucho dar una sietemesina de sólo 200, 000 añitos que bien le cabrían a la edad del Planeta en la ranura entre dos muelas molares. Joder. Qué aritmética simple para caer en la cuenta pendeja de que hace 4, 439, 800 años nadie tenía patria porque Eva no había nacido. De dónde sabemos hoy que la tierra sin humanidad no constituye patria. Lo cual debíamos demostrar.

Al hablar de lapsos breves, dígase de pasaditas que hace sólo 5 míseros años que la entonces secretaria de Estado de EE UU Condoleezza Rice no le pudo más a la vergüenza de seguir siéndolo: “Yo ya no aguanto la mirada de mi colega de Sudáfrica, ni la del propio ídolo Nelson Mandela”, dijo. Para aliviarle el bochorno a su canciller, el presidente George W. Bush borró entonces de un solo plomazo casi cinco decenios de ignominia investigativa. Cuando el Presidente firmó en 2008 la orden para remover el nombre de Nelson Mandela de la lista de terroristas de EE UU, los terroristas anónimos de la humanidad no se cortaron un pelo. Pero si hubieran brincado todos a la vez a seis pulgadas de ras de tierra hacia arriba, el peso aplastante de sus culpas irredentas habría ocasionado temblor bastante para desencajar de un solo tajo los sismógrafos del mundo. De donde se colige que los hombres que le trazan a la humanidad pautas bien arriba, han de estar siempre prestos a recoger la oferta que rumbo a Cuba le hiciera Martí a Máximo Gómez: “La gloria del sacrificio, y la probable ingratitud de los hombres”. Lo cual debíamos demostrar.

Cinco años después del borrón de Bush, frente a la casa que habitaba Nelson Mandela cuando le acaeció la muerte biológica, una mujer negra se abrazaba de dolor a un mozalbete rubio de significativos ojos grises. La mujer tenía el corazón en carne viva, y los pliegues infantiles de su llanto incontenible retrataban el desconsuelo sin término de la gente sensata. El joven rubio sabía que sin el trabajo en vida del terrorista recién fallecido aquel abrazo fraterno habría sido imposible. Detrás de la pareja que se abrazaba, otro joven negro le cubría el flanco de la paz con la mirada compasiva, redentora, seria y triste de Martin Luther King. Y al lado del joven negro, otro joven blanco sintonizaba tan bien su pensamiento y sus sentimientos con el otro afrikáner abrazado a la africana, que Salvador Dalí habría interpretado la escena como la del mismo joven con tres ojos, dos narices y dos bocas. Ningún fotógrafo tuvo antes mayor certeza física al retratar rostros humanos. Esa mujer y esos tres jóvenes evidencian de la mejor manera el ciclópeo trabajo realizado por el prócer recién fallecido. Lo cual debíamos demostrar.

La prensa de nimiedades ha reparado a menudo en las serendipias escandinavas de que la calle Vilakazi del barrio de Soweto sea la única del mundo con dos premios Nobel de la Paz: Nelson Mandela y Desmond Tutu. Eso no tiene mayor importancia que la que le asigne el azar. Sin embargo, cuando arribe la semana entrante a Johannesburgo el presidente Obama junto a su familia y a los restantes presidentes vivos de EE UU, pocos o ningún periódico resaltará el hecho de que de haber estado vivo, Ronald Reagan también sería la próxima semana pasajero en uno de los Air Force One rumbo a Sudáfrica. El ombligo del abuelo del 15% de los ciudadanos estadounidenses está enterrado en África. Entonces, los asuntos de Estado trascienden los paladares políticos. Lo cual debíamos demostrar.

Dígase además que en el terreno político el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo no es por necesidad igual a la suma de los cuadrados de sus catetos. Euclides Gutiérrez Félix lo sintetiza en un apotegma feroz: “En política sólo se hace lo que conviene”. Pero los hombres que jalonan el camino de sus congéneres sobre la faz de la Tierra nacen de cuando en cuando con la encomienda de marcar los puntos de inflexión de la historia: “Mis compañeros me acusaban de cobarde porque yo mantenía conversaciones con los afrikáneres, pero yo sabía que convenía”, confesó Nelson Mandela. Desde luego, es labor de la conciencia colectiva de los pueblos, y de los buenos historiadores, determinar si se hizo lo conveniente en función de un proyecto personal, o si por el contrario se hizo en función de un proyecto plural y patriótico. El mundo atestigua hoy en nombre de quién hizo Mandela lo conveniente.

El que le haya concedido crédito al hafnio y al tungsteno 182, así como al carbono 14, acabará convencido de la premisa planteada en el primer párrafo de este artículo; y convencido en igual medida de que los grandes del género humano nacen de la finitud que comporta serlo, y que son por tal razón también finitos desde el punto de vista biológico, pero infinitos en la memoria de la humanidad mientras exista. A esa infinitud relativa, relacionada con la existencia de la vida humana en el Planeta, acaba de entrar para siempre el presidente Nelson Mandela.

Escrito por: Ángel Garrido el 7 de diciembre de 2013 - URL Permanente

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