jueves, 27 de marzo de 2014

Crónica de mi Nostalgia: Un paseo por la Barcelona que amé


Escrito por :  Ana Luisa Pezzotti –Annie-
 
Annie con su hijo Miguel Muñiz en Barcelona,
detràs la Sagrada Familia
Normalmente inauguro y disfruto etapas y con la misma alegría las clausuro. Pero hoy no lo he podido evitar: Me levanté con Barcelona atravesada entre pecho y espalda. Y es que de todas mis residencias -largas o furtivas-, a lo largo de ya casi 25 años, Barcelona se me dibuja en el consciente tan profusa e imponente como un inmenso fresco de Miguel Angel. Vivir en Nueva York, Toronto o Madrid, me maravilló. Como ciudadana del mundo, otros rincones del Planeta acogieron generosamente mi espíritu nómada agradecido. Pero Barcelona, literalmente, me embrujó. Debe haber sido eso, alguna suerte de encantamiento adictivo del que uno no se puede liberar fácilmente, así que tengo que admitir que todavía, a más de un año de haberla dejado atrás, a veces se me entra el gusanito molestoso de la nostalgia.

Mis mañanas laborales transcurrían felizmente entre fogones, enormes paelleras y llamaradas seductoras. Mi cabeza fantaseaba, mis manos respondían y los fuegos concluían. De esa simbiosis amigable y respetuosa surgían los aromas y los sabores de la gloria: Fuego, agua, tierra y mar entrelazados por la salvia, el romero y el laurel, matizados por lo dulce o lo salado, confortados por el calor o el frío, en armonía perfecta con el paladar.

Y cómo no extrañar aquellas tardes magníficas, cuando la ciudad comenzaba a despertar de las largas siestas que preludiaban noches cálidas -a veces frías y lluviosas- junto al apacible Mediterráneo, noches invadidas por cien culturas, repletas de mil callejones y de un millón de bares donde degustar una infusión, un carajillo, una copa de vino o unas tapas.

En esas tardes el ocio era obligatorio. Caminaba sin rumbo, entraba allí, me sentaba allá. Callejuelas, tiendecitas, artesanos, Gaudí, una visita furtiva a Santa María del Mar -la misma “Catedral del Mar” que inmortalizó Falcones- para dejarme abrazar por el silencio y por la majestuosidad de sus columnas y vitrales ancestrales. Y terminar la tarde en alguna tienda anónima de libros de segunda mano, hurgando entre la polilla y esos tesoros manchados y eternos.

Y los sábados, esos benditos sábados, eran gloriosos. El debate interior se hacía presente a la hora de decidir entre tomar un tren de Cercanías en dirección Sur a lo largo de la costa mediterránea hasta llegar a Sitges, o continuar mi rodaje hacia Vilanova o Tarragona, donde siempre me esperaban caras amigas. O apuntar hacia el Norte, mochila y botella de agua en mano, y bordear la Costa Brava hasta llegar a Saint Feliu de Guixols para perderme en una de las playas más hermosas y de aguas más cristalinas -y frías- que haya conocido, donde los acantilados sustituyen los cocoteros y el enorme manto de perfectPara que no se me pierda en el mar denso y profundo de los papeles, archivos y PDFs…

CRONICA  DE  MI  NOSTALGIA: 
UN PASEO POR LA BARCELONA  QUE AME

Normalmente inauguro y disfruto etapas y con la misma alegría las clausuro. Pero hoy no lo he podido evitar: Me levanté con Barcelona atravesada entre  pecho y espalda. Y es que de todas mis residencias -largas o furtivas-, a lo largo de ya casi  25 años, Barcelona se me dibuja en el consciente tan profusa e imponente como un inmenso fresco de Miguel Angel. Vivir en Nueva York, Toronto o Madrid,  me maravilló. Como ciudadana del mundo, otros rincones del Planeta acogieron generosamente mi espíritu nómada agradecido. Pero Barcelona, literalmente, me embrujó.  Debe haber sido eso, alguna suerte de encantamiento adictivo del que uno no se puede liberar fácilmente,  así que tengo que admitir que todavía,  a más de un año  de haberla dejado atrás,  a veces se me entra el gusanito molestoso de la nostalgia.
Mis mañanas laborales transcurrían felizmente entre fogones, enormes paelleras y llamaradas seductoras. Mi cabeza fantaseaba, mis manos respondían y los fuegos  concluían.  De esa simbiosis amigable y respetuosa  surgían los aromas y los sabores de la gloria: Fuego, agua, tierra y mar entrelazados por la salvia, el romero y el laurel, matizados por lo dulce o lo salado, confortados por el calor o el frío, en armonía perfecta con el paladar.
Y cómo no extrañar aquellas tardes magníficas, cuando la ciudad comenzaba a despertar  de las largas siestas que preludiaban  noches cálidas -a veces frías y lluviosas- junto al apacible Mediterráneo, noches  invadidas por cien culturas, repletas de mil callejones y de un millón de bares donde degustar una infusión, un carajillo, una copa de vino o  unas tapas.  
En esas tardes el ocio era obligatorio. Caminaba sin rumbo, entraba allí, me sentaba allá.   Callejuelas, tiendecitas, artesanos, Gaudí, una visita furtiva a Santa María del Mar -la misma  “Catedral del Mar” que inmortalizó Falcones- para dejarme  abrazar por el silencio y por la majestuosidad de sus columnas y vitrales ancestrales. Y terminar la tarde en alguna tienda anónima de libros de segunda mano, hurgando entre la polilla y esos  tesoros manchados y eternos.   
Y los sábados, esos benditos sábados,  eran gloriosos.  El debate interior se hacía presente a la hora de decidir entre tomar  un tren de Cercanías  en dirección Sur a lo largo de la costa mediterránea hasta  llegar a Sitges, o continuar mi rodaje hacia Vilanova  o Tarragona, donde siempre me esperaban caras amigas.  O apuntar hacia el Norte, mochila y botella de agua en mano,  y bordear la Costa Brava hasta llegar a Saint Feliu de Guixols para perderme en una de las playas más hermosas y de aguas más cristalinas -y frías- que haya conocido, donde los acantilados sustituyen  los cocoteros  y el enorme manto de perfectas piedrecitas no te da la oportunidad de extrañar la arena blanca. O seguir un poco más arriba, casi rozando la frontera francesa, hasta el pintoresco pueblo de Roses, recorridos todos que solían costarme, ida y vuelta, más o menos 10 euros. 
Pero generalmente me decidía por dormir toda la mañana  del sábado hasta que me despertaba la algarabía  lejana de alguna celebración callejera, sin el estrés que hubiera podido implicar la posible falta de luz o de agua,   tan sólo con la agradable tarea pendiente de abastecer mi despensa y mi nevera, lo que se convertía para mi en un verdadero placer.
Luego de un desayuno sustancioso, solía salir esos sábados cerca del medio día, carrito en mano,  con la absoluta  certeza de que a nadie le iba a importar  ni un carajo mi indumentaria,  mi tururú o mis chancletas gastadas. Deambulaba plácidamente por las dos cuadras a la redonda de mi casa donde me apertrechaba de absolutamente todo  lo que necesitaba en menos de 90 minutos, sin tener que manejar ni mucho menos temer por la posible inminencia de un atraco.
Los bajos de mi edificio hacían gala de sus inquilinos, entre otros: Una antigua bodega de vinos artesanos y un herbolario de productos ecológicos. Cruzando la calle peatonal, encontraba el estanco, el quiosco de revistas y periódicos, la marisquería de Esther, dos supermercados, varias fruterías y la xarcutería del Jordi, un setentón medio sordo defensor a capa y espada de su historia y de su idioma , al que había que hablarle en catalán so riesgo de tener uno que soportar una charla completa acerca de la trascendencia del Catalanismo. 
Bajando una cuadra hacia la Avenida Paralel, desde donde se podía vislumbrar la nueva y ya famosa tapería de  Ferrand  Adriá, hacía mi visita obligada al colmado de  Abdul y Jhamal, dos hermanos inmigrantes paquistaníes amorosos y dulces como la Baklava artesana que producían. Un buen día, tiempo atrás, había entrado a esa pequeña tienda y Abdul me había salido al paso con una gran sonrisa y un cartapacio de papeles en la mano: “Amiga mía”  -me dijo en su castellano machacado- “he conseguido un suplidor de productos latinos, revisa la lista y dime lo que quieres, que te lo puedo traer”. A partir de entonces, ahí pude conseguir la mejor yuca de la bolita del mundo, enormes plátanos verdes y amarillos, mapueyes, guayabas, queso blanco de freir, cilantro ancho, hojas de plátano, guandules con coco y otros manjares tropicales.
Siguiendo mi recorrido sabatino, me topaba con no menos de tres docenas de bares con sus respectivas terrazas, pequeñas tiendas de todo tipo, la farmacia, la maravillosa panadería de Lupe -una andaluza alegre de brazos fornidos de tanto amasar-, además de dos ferreterías y una exclusiva carnicería de aves, cuya oferta del día normalmente incluía   faisanes, patos salvajes y codornices.  Desembocaba en la calle Calabria, una de mis preferidas, y allí estaba ella, compartiendo los bajos del número 14:  La Desa del Bosc,  un espacio íntimo y cálido donde solían sorprenderme hadas y gnomos o podía montar a galope sobre el unicornio azul de Silvio entre aromas, pociones y unturas.
Un poco más lejos, a no más de tres esquinas, el Mercado de Sant Antoni, la joya del vecindario. A ese imponente santuario culinario de casi tres siglos de existencia,  iba yo a parar a la hora de comprar los mariscos más frescos, las butifarras y chistorras recién hechas y  las mejores cerezas negras, robellones e higos frescos. Por supuesto que ocasionalmente extendía mi caminata unas diez o doce cuadras hasta el espectacular  Mercado de la Boquería, uno de los diez más famosos del mundo y cuyo techo alberga a cuatro de los diez mejores  lugares para comer en la ciudad.  Terminada mi misión de acopio alimentario, ubicaba de vuelta a casa alguna terraza soleada y me sentaba frente a un buen café a liar ceremoniosamente un American Spirit, con el absoluto y único propósito  de observar las palomas, escuchar el sonido lejano de algún acordeón perdido y esbozar una sonrisa espontánea y feliz.
El resto de la tarde y toda la noche era todo un abanico virgen de opciones: Lectura pendiente? Una buena película o exposición de fotografía en El Raval? Una cena temprana frente a la playa o en la terraza del Museo Dalí con vista a la emblemática  Portal del  Angel? Un concierto de jazz en el Puerto o, por veinteava vez, el espectáculo de la Fuente Mágica en Montjuic, donde era seguro sentir la presencia de los ángeles? O simplemente dejarme seducir por alguna voz amiga, por un “quedamos  en  La Rambla a las 8”?  
Las noches de Barcelona, además de impredecibles, son largas y sustanciosas. El centro de la ciudad es literalmente un puño,  recorrerlo a pie es un placer que propicia entrar y salir de numerosos lugares en una misma noche.  Además de que,  luego de esas tradicionales e  innegociables siestas vespertinas, todos se levantan frescos como lechugas.  
Prácticamente en minutos,  y como por arte de magia, el bullicio  nocturno sustituye al diurno sin disminuir en absoluto la algarabía que arropa  calles, plazas, vías y callejones.  La oferta cultural, artística y gastronómica es tan  amplia y cambiante, que no sería posible, ni siquiera en años, ponerse al día con la diversidad de opciones para todos los gustos. Descubrir por mí misma -y no por las numerosas guías de ocio- ese calidoscopio de posibilidades, era una constante aventura. 

Las tradiciones catalanas, respetadas y cumplidas a rajatabla, son celebraciones memorables. La espectacular Noche de San Juan, “donde comparten su pan, su tortilla y su gabán gente de cien mil raleas”, con sus miles de fogatas repartidas por toda la ciudad abarrotada de gente, termina obligatoriamente al día siguiente,  a pleno sol, frente al Mediterráneo. El otoño se inpregna del olor a castañas y del dulce del boniato, mientras que la tradicional Rosca de Reyes, acompañada de Cava, es una ocasión imperdible.
Pero quizás lo que más me gustaba era, simplemente, caminar en buena companía sin prisa y sin rumbo por los milenarios callejones de El Borne o del Gótico, mezclándome con el tumulto y dejándome envolver por  multitud de imágenes, olores, sonidos y sensaciones, entrar aquí, entrar allá,  copita aquí  y copita también allá, aprovechando a mi paso galerías y exposiciones, deteniéndome de vez en cuando en cualquier plaza para disfrutar la entrega de algún pintor, poeta o músico callejero.  Y ya entrada la madrugada, luego de haber intentado en más de una ocasión interceptar algún taxi disponible  -casi imposible a esas alturas- preferir no tomar el metro y regresar a casa caminando por las calles todavía repletas de gente de todos los colores, edades y nacionalidades, sintiendo la brisa fresca del verano  o reconfortándome del frío bajo un abrigo,  totalmente confiada en que nada malo me podía  suceder.
Esa es la Barcelona que amé, la que siempre ocupará un lugar privilegiado en mi memoria y la que hoy se me ha atravesado entre pecho y espalda.  Hoy no he podido ganarle la batalla a la nostalgia, pero seguro que ya se me pasará  y que de nuevo sólo quedará  el entrañable  recuerdo de otro capítulo felizmente cerrado.as piedrecitas no te da la oportunidad de extrañar la arena blanca. O seguir un poco más arriba, casi rozando la frontera francesa, hasta el pintoresco pueblo de Roses, recorridos todos que solían costarme, ida y vuelta, más o menos 10 euros.

Pero generalmente me decidía por dormir toda la mañana del sábado hasta que me despertaba la algarabía lejana de alguna celebración callejera, sin el estrés que hubiera podido implicar la posible falta de luz o de agua, tan sólo con la agradable tarea pendiente de abastecer mi despensa y mi nevera, lo que se convertía para mi en un verdadero placer.
Luego de un desayuno sustancioso, solía salir esos sábados cerca del medio día, carrito en mano, con la absoluta certeza de que a nadie le iba a importar ni un carajo mi indumentaria, mi tururú o mis chancletas gastadas. Deambulaba plácidamente por las dos cuadras a la redonda de mi casa donde me apertrechaba de absolutamente todo lo que necesitaba en menos de 90 minutos, sin tener que manejar ni mucho menos temer por la posible inminencia de un atraco.

Los bajos de mi edificio hacían gala de sus inquilinos, entre otros: Una antigua bodega de vinos artesanos y un herbolario de productos ecológicos. Cruzando la calle peatonal, encontraba el estanco, el quiosco de revistas y periódicos, la
marisquería de Esther, dos supermercados, varias fruterías y la xarcutería del Jordi, un setentón medio sordo defensor a capa y espada de su historia y de su idioma , al que había que hablarle en catalán so riesgo de tener uno que soportar una charla completa acerca de la trascendencia del Catalanismo.

Bajando una cuadra hacia la Avenida Paralel, desde donde se podía vislumbrar la nueva y ya famosa tapería de Ferrand Adriá, hacía mi visita obligada al colmado de Abdul y Jhamal, dos hermanos inmigrantes paquistaníes amorosos y dulces como la Baklava artesana que producían. Un buen día, tiempo atrás, había entrado a esa pequeña tienda y Abdul me había salido al paso con una gran sonrisa y un cartapacio de papeles en la mano: “Amiga mía” -me dijo en su castellano machacado- “he conseguido un suplidor de productos latinos, revisa la lista y dime lo que quieres, que te lo puedo traer”. A partir de entonces, ahí pude conseguir la mejor yuca de la bolita del mundo, enormes plátanos verdes y amarillos, mapueyes, guayabas, queso blanco de freir, cilantro ancho, hojas de plátano, guandules con coco y otros manjares tropicales.
Rambla del Mar_thumb
Annie con Vannessa Rodrìguez en la Rambla del Mar, Barcelona
Siguiendo mi recorrido sabatino, me topaba con no menos de tres docenas de bares con sus respectivas terrazas, pequeñas tiendas de todo tipo, la farmacia, la maravillosa panadería de Lupe -una andaluza alegre de brazos fornidos de tanto amasar-, además de dos ferreterías y una exclusiva carnicería de aves, cuya oferta del día normalmente incluía faisanes, patos salvajes y codornices. Desembocaba en la calle Calabria, una de mis preferidas, y allí estaba ella, compartiendo los bajos del número 14: La Desa del Bosc, un espacio íntimo y cálido donde solían sorprenderme hadas y gnomos o podía montar a galope sobre el unicornio azul de Silvio entre aromas, pociones y unturas.

Un poco más lejos, a no más de tres esquinas, el Mercado de Sant Antoni, la joya del vecindario. A ese imponente santuario culinario de casi tres siglos de existencia, iba yo a parar a la hora de comprar los mariscos más frescos, las butifarras y chistorras recién hechas y las mejores cerezas negras, robellones e higos frescos. Por supuesto que ocasionalmente extendía mi caminata unas diez o doce cuadras hasta el espectacular Mercado de la Boquería, uno de los diez más famosos del mundo y cuyo techo alberga a cuatro de los diez mejores lugares para comer en la ciudad. Terminada mi misión de acopio alimentario, ubicaba de vuelta a casa alguna terraza soleada y me sentaba frente a un buen café a liar ceremoniosamente un American Spirit, con el absoluto y único propósito de observar las palomas, escuchar el sonido lejano de algún acordeón perdido y esbozar una sonrisa espontánea y feliz.

El resto de la tarde y toda la noche era todo un abanico virgen de opciones: Lectura pendiente? Una buena película o exposición de fotografía en El Raval? Una cena temprana frente a la playa o en la terraza del Museo Dalí con vista a la emblemática Portal del Angel? Un concierto de jazz en el Puerto o, por veinteava vez, el espectáculo de la Fuente Mágica en Montjuic, donde era seguro sentir la presencia de los ángeles? O simplemente dejarme seducir por alguna voz amiga, por un “quedamos en La Rambla a las 8”?
Las noches de Barcelona, además de impredecibles, son largas y sustanciosas. El centro de la ciudad es literalmente un puño, recorrerlo a pie es un placer que propicia entrar y salir de numerosos lugares en una misma noche. Además de que, luego de esas tradicionales e innegociables siestas vespertinas, todos se levantan frescos como lechugas.

Prácticamente en minutos, y como por arte de magia, el bullicio nocturno sustituye al diurno sin disminuir en absoluto la algarabía que arropa calles, plazas, vías y callejones. La oferta cultural, artística y gastronómica es tan amplia y cambiante, que no sería posible, ni siquiera en años, ponerse al día con la diversidad de opciones para todos los gustos. Descubrir por mí misma -y no por las numerosas guías de ocio- ese calidoscopio de posibilidades, era una constante aventura.

Las tradiciones catalanas, respetadas y cumplidas a rajatabla, son celebraciones memorables. La espectacular Noche de San Juan, “donde comparten su pan, su tortilla y su gabán gente de cien mil raleas”, con sus miles de fogatas repartidas por toda la ciudad abarrotada de gente, termina obligatoriamente al día siguiente, a pleno sol, frente al Mediterráneo. El otoño se impregna del olor a castañas y del dulce del boniato, mientras que la tradicional Rosca de Reyes, acompañada de Cava, es una ocasión imperdible.

Pero quizás lo que más me gustaba era, simplemente, caminar en buena compañía sin prisa y sin rumbo por los milenarios callejones de El Borne o del Gótico, mezclándome con el tumulto y dejándome envolver por multitud de imágenes, olores, sonidos y sensaciones, entrar aquí, entrar allá, copita aquí y copita también allá, aprovechando a mi paso galerías y exposiciones, deteniéndome de vez en cuando en cualquier plaza para disfrutar la entrega de algún pintor, poeta o músico callejero. Y ya entrada la madrugada, luego de haber intentado en más de una ocasión interceptar algún taxi disponible -casi imposible a esas alturas- preferir no tomar el metro y regresar a casa caminando por las calles todavía repletas de gente de todos los colores, edades y nacionalidades, sintiendo la brisa fresca del verano o reconfortándome del frío bajo un abrigo, totalmente confiada en que nada malo me podía suceder.

Esa es la Barcelona que amé, la que siempre ocupará un lugar privilegiado en mi memoria y la que hoy se me ha atravesado entre pecho y espalda. Hoy no he podido ganarle la batalla a la nostalgia, pero seguro que ya se me pasará y que de nuevo sólo quedará el entrañable recuerdo de otro capítulo felizmente cerrado.

2 comentarios:

  1. Vaanessa, Excelente articulo sobre Barcelona! Que lindo lo describe tu amiga.
    Felicitaciones!

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